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De Quimeras y Ensoñaciones

La casa

Regresaba de la sucursal bancaria, contento, feliz, tenía recién cumplidos los sesenta años y al fin, después de cancelar anticipadamente el resto de la hipoteca de su chalet, al fin era su único propietario, nada de bancos, nada de letras protestadas, nada de mensualidades, no importaba que hubiese tenido que pagar un 2% de cancelación de ese último millón restante, pero había echado cuentas y fiscalmente le salía más rentable. Cosas de Hacienda y del IRPF. Y también canceló el seguro contra incendios que el banco le obligó a suscribir conjuntamente con la hipoteca. No quería pagar ni un duro más, ya había pagado con demasía intereses desorbitados. Y ya suscribiría él un nuevo seguro con otra entidad de su confianza, no con la que le habían obligado a suscribir la hipoteca.

Por cuestiones laborales trabajaba en la ciudad, de conserje, de portero, donde vivía con su mujer desde hacía siglos en una portería de un bloque de viviendas donde habían criado a dos hijas que hacía tiempo habían volado de aquel mísero nido, de aquel cuchitril de escasos metros mal organizados y peor construidos.
En su día libre, uno a la semana, cogía el coche y se alejaban de la ciudad caminito de su chalet, era cuando se sentía libre, realmente libre, se sentía muy orgulloso, era, después de su familia, lo más importante para él, donde había depositado todos sus ahorros, esfuerzos, y trabajos durante los últimos veinte años, privándose sin necesidad de muchas cosas, viajes, comidas fuera de casa, teatros, cines, conciertos, caprichos, un sin fin de cursilerías, como él llamaba a todo aquello.
Sus vacaciones consistían en arreglarlo, limpiarlo, asearlo, siempre atento a una nueva chapuza, a un remiendo, a un arreglo en el jardín ó en el interior, siempre atareado y ocupado. Su jardín, era el escape de ambos, siempre con un detallito para él, especialmente de primavera a otoño, la plantación, el abonado, la poda, la siega del césped, la instalación y cuidado del sistema de riego automático, el sulfatado de la parra, la lucha contra el pulgón, el aireado de la tierra, todo un sinfín de quehaceres. Y sus rosales, sus setos de arizónicas, los bien cuidados frutales, el huertecillo para consumo doméstico, el estanque de peces de colores, la rocalla con plantas aromáticas, y hasta un invernadero y una bodega constituían aquel santuario natural.

Después de salir del banco, recogió a su mujer y en medio de la sofocante calima mañanera emprendió el viaje, dos horas largas de trayecto hacia su libertad.
Dejó aparcado el vehículo a la puerta de su chalet, y se dirigió al jardín de atrás, despreocupado, a mirar sus rosas y recoger alguna que otra fresa, cuando escuchó un estruendo, pero pensó en los vecinos, hasta que su mujer le llamó a gritos, al salir escuchó algo sobre el coche. Ya no estaba allí.
Ingenua y olvidadizamente había dejado el automóvil sin el freno de estacionamiento puesto y este, debido a la suave pendiente de la calle, se había deslizado lentamente a favor de la gravedad, y sin que la fuerza de rozamiento lo hubiese impedido, se había detenido junto a la farola que hacía esquina con la casa, golpeándola, doblándola livianamente y dejando en el suelo los restos de plástico del bombín. Gracias a Dios no había pasado nada más, ni siquiera el coche estaba dañado, un leve abollón imperceptible en el parachoques trasero. Recogió los restos de plástico y los depositó en el contenedor de basuras, despreocupándose de nada más.
Al poco tiempo llegaron sus dos hijas y sus tres nietos, y entre los siete pasaron una velada muy agradable celebrando con cava la recién adquirida propiedad del chalet, el dejar de pagar más y más letras y se rieron al contar el incidente del coche, inventado chascarrillos :
- Lo que ocurre es que tu coche es un zascandil, un picarón tunante – bromeó una de las hijas – y lo que quería era intimar con la furgoneta de tu vecino, así no más que dándole un besote grandote, pero mira por donde, la farola se puso en medio y le jorobó el plan. Celosa farola.
¡Celosa!. ¡Celosa!. ¡Celosa!. Gritaron todos, a la vez que reían. Y el abuelo se sintió ufano y orgulloso por sus nietos, por esa graciosa manera de decir con sus trapaceras vocecillas la palabra Celosa.
Y era cierto. Sí. Si la farola no le hubiese detenido, su vehículo hubiese golpeado la furgoneta del vecino, situada un palmo nada más atrás del farol.

Y aquella adorable y deleitosa velada tocaba a su fin, les esperaba la ciudad de nuevo, el volver a.
De regreso a la ciudad, ya en las calles, a bordo de su vehículo, observó como las luces de la urbanización se iluminaron, excepto los faroles de cuatro calles en hileras adyacentes a la farola golpeada, formando una especie de cruz cuyo centro se hallaba en la propia accidentada.
Daba la sensación que había dejado a media urbanización sin luz, y eso pensó y arguyó el orondo y recién nuevo propietario, pero, ¿cómo va a ser eso posible?, que por una farola, todas las demás no funcionen. Bueno, si ha sido por culpa tuya, al fin y al cabo, cochecito – comentó al viento - ya lo arreglarán y que me pasen la factura, si es necesario.

Y se alejaron sin prever que por culpa de ese fortuito accidente, un cortocircuito, y a raíz del cual prendieron los restos secos de “Arizónicas”, procedentes de la poda del mes anterior, que se amontonaban junto a la farola golpeada, en el jardín del chalet. Más cuando las llamas lamían los muros de la casa, ellos ya estaban lejos.

- La semana que viene, iré al banco a suscribir la nueva póliza de incendios para la casa, siempre es mejor estar prevenidos, nunca se sabe lo que va a pasar – se dijo a sí mismo –

P.D. Gran Parte está Basado en un hecho real .
Es que ya le vale la tontería, dejar el coche sin el freno de mano echado. La costumbre es mala consejera. ¿Y ahora que hago yo? . ¡ Que hubo testigos ! . ¿Les habré dejado sin luz realmente? . Bueno, pues como dice mi prota, “ya lo arreglarán y que me pasen la factura, si es necesario”. ¡ Que remordimientos, Jolin

Segundo P.D. Ya lo arreglaron. Sí les había dejado sin luz, un finde enterito ó más inclusive, simplemente sería darle a un botón, no me han pasado factura ninguna, entra en gastos de comunidad. Sólo una bombilla y un trocito plástico. La farola está pelin torcida, pero ni se nota ni na. En fin. Intentaré ser menos descuidado.

1 comentario

white -

Ya lo sabes, me encanta